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Hojas

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Hay palabras esperando brotar, que acaban dibujadas en tinta. Hojas de un diario nunca escrito.

Empecé a escribir siendo una niña porque la timidez se me hacia bola en la garganta, las palabras se anudaban haciéndose ovillo y las sensaciones se me atragantaban. Es por eso, que pese a no saber construir historias, sigo hilvanando palabras sobre un lienzo invisible.

Garabateo palabras, porque las emociones se me agolpan en la punta de los dedos mientras me recorren, y pese al tiempo, y las mil páginas pasadas, siguen haciéndose nudo entre mis silencios ahogando mi voz.

A veces, es sólo una forma de no perderme entre mil recuerdos difusos, como si al difuminarse yo me diluyera en ellos. Y entonces, aunque sabes que sólo sabes emborronar las hojas, te escribes, sólo por no olvidar quien eres, mientras desde el otro lado de ese folio pintados en tinta te miran todos los recuerdos.

Los que dejaron surcos en mi piel como cicatrices, las que todavía acaricio con los ojos cerrados, despacio y en silencio, sólo por saberme entera. Llena de grietas por las que se me escapan cada uno de los suspiros, pero entera.

Cicatrices que acaricio con triste dulzura, porque sé que cada una de sus líneas me forjó el alma en barro y arena, hasta hacerme orilla de una playa que sólo existe dentro de mí, a la que vuelvo cada vez que cierro los ojos aspirando mar y sal hasta sentirme agua. A la que acudo como refugio, mientras fluyen las sensaciones hasta amainar una vez más la tormenta y hacerme calma.

A veces, entre cuartillas sin pauta, vuelves a ser esa niña que asombrada miraba el atardecer mientras el viento le erizaba las sensaciones sobre sus brazos menudos, mirando por aquella ventana abierta al mar y a un mundo en el que aún cabían los sueños. Te ves desde fuera, como si cada momento que modeló esa frágil coraza que te rodea pasara despacio ante ti, y mientras todos te ven fuego y coraje, tu sólo eres esa niña con los ojos llenos de ojalás, y las ganas apretadas en las palmas, que aún mira al mundo sin comprenderlo.

Escribe me digo, que algo queda, como quien siembra palabras entre las líneas de los silencios. Y me paro frente a las teclas de esa página en blanco que me mira de reojo, sabiendo que una vez más siento ese frío que se me cuela por dentro.  Y emborrono letras que bailan las notas de un blues que sólo yo escucho dentro de mi, y todo es como una película antigua, en blanco y negro, en que las brumas recorren calles desiertas, y el sonido de unos pasos viajan entre el humo de una cualquiera de tus noches. 

Escribe, me dice ella,  y fluye en tinta cada gota de agua salada que llevas por dentro,  hasta hacer cristales que llenen de luz tus mejillas de nuevo. Yo luego te leo.

Y escribo. Tacho, emborrono y borro. Me desbordo o me contengo, y guardo las palabras en borradores, y me sonrío mientras pienso que  vivimos como si la vida pudiera ensayarse  o guardarse en páginas arrugadas hasta hacerlo perfecto. 

Empecé a escribir porque las palabras dolian golpeando contra mi garganta, y todo lo que quería gritar se quebraba y hacía sonido hueco. Eran tantas las cosas, tantas las ideas, las sensaciones que hubieran muerto si no se hubieran hecho lecho de tinta en aquellas cuartillas desordenadas, que me vertí a trazos. Con el tiempo me acostumbré a fluir desde ese tintero invisible, cuenco en que derramar todas las palabras, las que se atascaron en la boca, o aquellas que de tanto arrinconarlas apenas recuerdo. Y así se convirtió también en mi memoria, un pequeño cajón en el alma donde resguardar todo lo que fuí, todo lo que fuimos, todo lo que soy.

A veces, entre la bruma de esos recuerdos, se agolpan las sensaciones, la memoria juega al escondite y la linea que separa pasado y presente se me difumina. Me veo en el reflejo del cristal de una ventana, pidiéndole a la pluma que desangre todas las letras que burlonas bailan sobre un folio amarillento.

Y entonces me sorprendo pensando en lo lejos que queda todo aquello que era, o que creía ser, y con prisa lo garabateo entre renglones torcidos antes de olvidarlo.

Escribe me dice, que algo queda,  como quien dibuja flores a lápiz sembradas en letras, que yo luego te leo, y yo me escribo, sin reglas ni márgenes, entre los renglones de los silencios.


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Un Ojalá

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Pues algún extraño misterio ha extraviado estas letras, las que se escurrieron entre las teclas hasta llenar un huequito de mi alma. Un suspiro compartido. 

Se le escapan los ojalás por los ojos, y la energía entre los huecos de sus manos haciendo cuenco para saciar mi sed. Se le desparraman las ilusiones y las caricias. Las que guarda entre vigilia y vigilia hasta aposentarse sobre mi pecho, a respirar al ritmo de mis latidos, haciendo música con cada gota caliente de aire que exhalan sus pulmones, sobre mi piel ajada, hasta despertarla.

Se le para el palpitar en cada recodo polvoriento del camino, mientras las piedras se clavan en sus pies desnudos. Llagados de bailar sobre acantilados bordeando mi piel. Acariciando cada surco, cada poro, hasta pintar deseos sobre el cartón de este cuerpo maldito.

Abraza mi ansia hasta el fin de todas las tormentas, mientras me regala la luz de su sonrisa, arrugada y valiente. Y nunca fue tan hermosa como sobre mi vientre ajado. Ni tan bella. Ni tan ella.

Se le escapa la arena de su reloj del tiempo, escurriendo entre sus dedos todos los segundos que no fueron. Todas las veces que trabados los pies al suelo, plomizos como vigas no la dejaron avanzar. Y abre las manos vacías, para recogerme en ellas, agarrando la piel rugosa de mis palmas con suavidad y dulzura hasta aferrarlas sobre el filo de mis miedos, mientras me pega a sus poros, abiertos para hacerse piel sobre mis secos huesos. Y ella marca mis latidos al compás de su aliento sobre mi pecho, sabiendo que nunca me sentí tan vivo.

Él la mira en silencio. Apenas respira conteniendo el aire que le explota en los pulmones, temiendo alterar la luz desparramada en su rostro, la sonrisa que dibujan sus labios entre aliento y suspiro, ese vapor de sal que cosquillea sobre su pecho, mientras ella duerme enroscada en su cuerpo, ajena al alboroto que le trastorna por dentro el más leve roce de sus poros.

La abraza haciendo refugio entre sus brazos a todos sus recuerdos, esos que la arañan y se hacen sombra tras sus párpados cuando cree que no la mira. Y mientras sin apenas rozarla besa la maraña de sus cabellos, libres y alborotados, como ella, como su esencia.

Lleva aún en los labios el sabor de sus besos, dulce alimento de su boca huérfana, siempre hambriento de ella, y se aferra al calor de su piel, la que le da la vida a su corazón tan viejo y tan virgen a la vez. Nunca fue tan dulce como anidando en el hueco de su cuello. Tan lleno de fuego. Tan él.

Él me mira en silencio. Apenas roza mi piel con sus yemas dibujando todas las caricias que sin saber me guardaba. Me agarra a su cuerpo, acoplando cada rincón del mío entre sus huecos, hasta hacernos puzzle, piezas encajadas en el molde del sentir. Unidas por lazos invisibles, cosidas a pespuntes de cariño y paciencia, de pasión creciendo entre grietas y retales del corazón, hasta hacer un lienzo con cada uno de sus poros, hasta ser mapa de vuelta a casa.

Me mira dormida sobre su pecho curtido, trazos de vida arañando imposibles, y me acaricia la cadencia de su voz, derramando la ternura de su inocencia maltratada. Escondida bajo la piel lacerada, la que dormía perdida, bajo la costra de mil heridas de sal que llenaron su alma, despertando en el cuenco de mis manos hechas refugio.

Me acarician las palabras susurrando amor, mientras anido sobre su cuerpo, él vela mi sueño y abraza mis suspiros, haciendo vigilia a mis latidos que habitan bajo su piel hasta ser amanecer para mi. Y mientras besa mi frente, hasta inundar mis vacíos de sal y ternura, flota en su aliento un ojalá, dibujado en sus labios.


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Your soul

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Y ahí estás tú otra vez, con el corazón lleno de costuras y el alma cogida en pespuntes. Sin red ni coraza que la proteja, rotas las barreras, mientras te expones una vez más al vaivén de los imposibles.

Alma de cristal, de agua y viento, se te enredan los sueños en las pestañas, mientras buscas en el horizonte. Siempre hacia adelante. Siempre sin miedo, ansiando sentirte viva, paseas descalza por una orilla llena de conchas vacías. De promesas inciertas. De ojalás que nacen entre las estrellas cada noche y viajan sobre la espuma de ese mar que es tu horizonte.

Desnuda por dentro, donde nada puede cubrir las sensaciones, eres transparente, y vestida de piel, palabras y caricias, sigues bailando el camino, polvo y tierra de una senda que recorres sin ruta ni mapa, sin brújula, improvisando en cada cruce, sabiendo que el destino no importa, si ha de ser final. Y sin prisa caminas por los bordes del precipicio de los recuerdos, mientras tus pasos viajan sin ruta.

Caminas, bailas y tarareas esas canciones que te saben a vida, muchas veces inventando la letra, olvidando las palabras que un día fueron barrotes de una jaula invisible. Y Sonríes, buscando lo amable del mundo, el lado bueno de las cosas, incluso las que desgarraron jirones en tu carne, mientras suena la música haciendo eco en tu pecho, confundiendo el compás de tus latidos, hasta nacer canción.

Paseas por un camino hecho de arena, toda la que dejaste caer hasta vaciar tus manos y tus bolsillos, y el reloj de arena de todas las horas pasadas, hasta aliviar el peso de tu cuerpo cansado y vivido, bordeando el abismo de tus cicatrices que aún a veces parece abrirse bajo tus pies, como un agujero negro y sin fondo.

Ese que a veces se hace profundo hasta hacerse nudo en la garganta, llenando de silencio el azul de tu océano, lluvia silenciosa que recorre tus poros hasta escapar de tus manos vacías, tendidas a un ojalá incierto.

Ese que sin mirar recorres bailando de puntillas, y descalza. Porque la vida ha de ser descalza.  Y a manos vacías, y abiertas.

Y sabes que que quedan muchas batallas que zarandearán tus cimientos hasta hacer temblar tus paredes, pero pese a todo esperas con las ventanas abiertas, mientras el viento baila por todos tus rincones. Y tal vez te hieran,  y te peles de nuevo las rodillas en mil caídas que escocerán, hasta encogerte el alma, igual que todas esas heridas que aún, ocultas bajo los poros, se abren en las noches sin luna, mientras suena esa canción.

Y mientras bailas al son del viento, cierras los ojos pensando que vale la pena, que cada tropiezo te curtió la piel, mientras tu alma sigue siendo terciopelo, y así, pese a todo seguirás sintiendo. Latiendo emociones a cada suspiro mientras la vida te enamora.

Y que bonito si me acompañas, erizando cada trozo de alma cosida con hilo de besos. Tus besos.


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140 centímetros

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A veces la vida es un camino lleno de giros inesperados. Una noria girando. A veces la valentía se contiene en ojos que miran de frente. En cuerpos menudos y almas grandes. A veces los héroes no miden más de 140 centímetros. Y con su valentía nos hacen seguir adelante con una sonrisa y la ilusión en la mirada.

Ella me mira con sus ojos profundos, oscuros como la noche y limpios como la inocencia. 140 cm de valentía, y es que ser grande no es cuestión de tamaño o talla, sino de coraje, y de ganas.

Ganas de pillar a la vida por las solapas y zarandearla hasta que caigan las hojas de la melancolía como estrellas de otoño, de bailar sobre las olas en una noche de luna cualquiera, ganas de pelear y reír, de saltar sobre los charcos hasta secar la lluvia que se te hace torrente en el alma, de soñar de puntillas, como sólo los niños saben hacerlo. Y en 140 centímetros caben muchas ganas.

Me mira, y sin decir palabra, sus ojos me preguntan porqué. Porqué el camino se tuerce a veces sin avisar, y se estrecha hasta hacerse túnel, mientras nos reta burlón a atravesarlo. Si puede seguir soñando entre canciones, bailes de pasos improvisados y llaves de yudo, inventando recetas y decorando restaurantes, cantando canciones de letras imposibles hasta que sólo quede música. Hoy princesa, mañana pirata, guerrera pasado.

Y yo simplemente sonrío antes de abrazar su menudo y delgado cuerpo, tan frágil y tan fuerte a la vez, como si todas las respuestas pudieran contenerse en el calor de unos brazos.

La habitación está en semi penumbra, una persiana medio bajada resguarda el aire del calor plomizo de una tarde cualquiera de verano, mientras en los haces de luz bailan las motas de polvo, que al entre cerrar los ojos parecen mil estrellitas diminutas.

En el rincón el vaivén pausado de una mecedora interrumpe el silencio y la modorra, y en ella su madre sonríe, disfrazando la tristeza que enturbia el dulce tostado de sus ojos, y ese violeta profundo que pinta de cansancio su rostro. Tiñe de añil el brillo que desafiante guardaba su mirada, mientras ahoga la rabia. Y aunque su mirada grita un porqué lleno rebeldía, muere en sus pupilas mirando hacia ninguna parte, concentrada en no dejar escapar las lágrimas, y la pared parece absorber la energía callada de su desesperanza.

Sé que está enfadada. Tanto, que aprieta los puños hasta hacerse daño en las palmas de las manos. Clavando en ellas todas las palabras, y esa ira que le hierve por dentro, hasta pausar el aliento en sus pulmones, y las ganas de verterse en cascada. Pero ahoga las lágrimas y un quejido hueco que se atraviesa muy dentro, y sólo, por que ella no la vea hecha lluvia, empapa la pena en su alma y calla. Y en mi mente, bailan todas las cosas que quisiera decirle y que atropelladas mueren en mi garganta. Quebradas y masticadas, taponando las lágrimas secas que se evaporan en mi mirada, sólo puedo medio pronunciar un “irá bien” que me golpea por dentro hasta hacerse eco, mientras sonrío a mi niña dragona que despacito se desprende de mis brazos.

Ella me mira con sus ojos llenos de ojalás, y sin dejar de dibujar su sonrisa, me susurra un “no nos rendiremos” que rebota en las paredes hecho promesa, y acaricia con su fino dedo las palabras que me he dibujado en los poros, mientras me pide que le lea de nuevo mi infinito. Y es que a las notas les puse palabras y ahora tengo un sueño pintado en la piel, y a ella, le gusta acariciarlo con sus delgados dedos memorizándolo. Cómo si eso fuera importante, cómo si cada vez que lo repasa lo hiciéramos un poco más cierto.

Y mientras me pide una historia de piratillas traviesas, su madre se concentra en la lectura hasta secarse los ojos. Cursillo acelerado buscando respuestas que le hagan el camino más fácil.

Ella se enfada porque está cansada, porque la despierta para pellizcarle en la punta de los dedos y medir su dulzura entre penumbras de noche callada. Protesta con la energía de las niñas guerreras, porque su lucha tiene horarios, y normas encorsetadas, tiene gramos contados al milímetro, subidas y bajadas, y risas y lágrimas que se entremezclan, y mientras, jugamos a las enfermeras, a aprendernos las reglas, a multiplicar unidades y restar gramos, y a no salirnos de los márgenes mientras estamos deseando hacerlos saltar por los aires.

Ella se enfada porque es para siempre, y sabe que contaremos miles de gotas rojizas esperando que el parpadeo de unos números nos den la pauta. Y mientras se palpa el brazo me dice -ves, ahora tienes que aprender tú-

Me sonríe con sus palomitas contadas antes de la última película, atesorando su bolsita. Y yo pienso mientras la miro en la penumbra de un cine cualquiera, que la vida está llena de curvas y baches que no vemos venir. Pero también de atardeceres, de estrellas y lunas, de música y risas. De sueños que no mueren pese a las dificultades. Y de valientes.

De héroes contenidos en 140 centímetros que nos sonríen. Y nos llenan el alma de vida.


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Clandestino

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A veces la única forma de protegernos de este mundo que tanto duele,  es escupir las sensaciones que nos arañan entre letras y palabras. Y es en esas veces, que me transparento más de lo que me gustaría.  hoy es un día de esos.

Ojalá un día nadie tenga que apretar entre las manos la esperanza, aferrándose entre oscuridad y miedo a un sueño de humo. Esto que no son más que cuatro letras sencillas podrían ser la historia de cualquiera, no muy diferente de las que leemos a diario, no muy distintas de las que hace mucho, muchísimo tiempo escuché en primera persona. Si hace pensar un poquito ya es mucho para mi. Gracias.

Hamal vive entre cartones, guarda la esperanza en un bolsillo de la chaqueta un poco grande que encontró hace ya algunas semanas, junto al container de su esquina, esa esperanza que le resguardó del frío, cuando esperaba en aquel bosque oscuro y lleno de barro, la que le llevó hasta las fronteras, atravesando el desierto. La que al sentir rasgarse su carne contra la valla, le impulsó más que a los otros, mientras agazapado se escondía, aterrado como un niño. Tiritando de frío y miedo, mientras apretaba los dientes, buscando la fuerza para no desmoronarse ahora, que casi roza el imposible. Sintiendo la sangre fluir por su brazo entre carne desgarrada tiñendo de rojo su oscura piel, y la blanca nieve que cubría el barrizal en el que esperan, soñando que existía una vida de oportunidades, un mañana, y pese al dolor profundo que le arañaba las heridas,  luchaba por no desmayarse mientras  aprieta un poco más la mandíbula, encajando los dientes escondiendo su miembro herido bajo la ropa. Hamal recuerda el pánico. El aislamiento, el dolor rasgando su carne casi tanto como su alma, y como allí, hecho un ovillo pensaba en su niñez.

Que lejos queda ahora todo. Su pueblo, seco y yermo perdido entre el humo de explosiones y los llantos apagados de la miseria. Su familia, despidiéndole en silencio, con la mirada amenazando lluvia y un poso de esperanza. La de todos ellos, hecha hatillo como la más preciada pertenencia, condenada a viajar miles de kilómetros de distancia y soledad, buscando esa última oportunidad. Sus sueños, pintados sobre el techo de su cama, tejidos con el hilo de las ilusiones, frágil y dulce.

Ahora vive bajo las estrellas, en una casa de cartón. Para Hamal cada día es el último y el primero de una vida prometida que le esquiva tras cada esquina.

Y mientras se abraza en la oscuridad, añorando la tierna piel de su madre, el aroma de su caricia, la dulzura de su voz arrullándole a oscuras, recuerda a aquel sacerdote. No sabe porqué pero se acuerda de él, hablando del castigo de un dios omnipresente, contra todos los que no abrazaban su mandamiento. Y él, en su inocencia le preguntaba si también castigaría a sus dioses paganos, a su tierra pobre expoliada por la avaricia de unos cuantos, si no la estaban castigando ya entre todos, sumida en miseria y sequía, en tierra cuarteada, y el sacerdote callaba envolviendo sus miedos en silencio,mientras clavaba en él sus ojos, duros y penetrantes, mirándole con desaprobación.

No sabe por qué le recuerda, ahora, que está sólo en la oscuridad, de nuevo hecho un ovillo, abrazando sus miedos en la espalda, en la humedad de una noche de diciembre llena de estrellas, casi tan brillantes como las luces que adornan la ciudad, esperando ver amanecer los sueños.

Suspira mientras cierra los ojos, sintiendo rugir el hambre en las tripas, estrangulando su voluntad, hasta dolerle por dentro. Y piensa que es tal vez, porque entonces le hablaba de paraísos, de una tierra donde no había hambre, ni sed. De lugares donde el agua brotaba en cada casa, y no había que recorrer kilómetros para llenar un cuenco, y en sus cuentos, el horizonte era azul, y verde, mecido por brisas cálidas y los niños iban a la escuela, y sonreían, sin hambre arañando sus pequeños estómagos. Tal vez porque hoy el frío se clava como miles de alfileres sobre su cuerpo, y le duelen los huesos y los recuerdos se le emborronan. Y lloraría hasta quedarse dormido

A veces, le flaquean las fuerzas, y las ganas, y casi no puede reprimir el impulso de volverse. Tirar las promesas de una vida tras las sombras, y volver al refugio de su hogar, pobre, hambriento, pero su hogar. Y entonces ve los ojos de su madre, llenos de amor y preocupación, hasta doler, y cómo explicarle las cicatrices que surcan su cuerpo, el miedo cruzando las líneas, aquella nave llena de cuerpos tan doloridos como él, almas rotas, sin sueños, las mafias, la clandestinidad, el hambre. Hatillos de mercancía vendida en el suelo, siempre alerta, siempre a la carrera, siempre huyendo.

Y rebusca en su bolsillo, junto a ese pedacito de esperanza que aún le queda un trozo de pan duro con que acallar las entrañas, y ese miedo que renace cuando se descuida mientras se susurra “… Tal vez mañana nace la oportunidad, tal vez”.

Y mientras lágrimas silenciosas brotan despacio, se deja vencer por el sueño.

P.D. No conozco a Hamal, pero mi ciudad está llena de víctimas silenciosas de un mundo que no sabe dejar de devorarse. De sueños rotos. Un mundo lleno de fronteras a la miseria y el dolor, pero que no existen para los que acaparan sus riquezas. Que no hable de ello no quiere decir que no me importe. Tal vez, es que muchas veces el mundo me duele y no sé cómo parar la náusea


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Furtivos

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A veces hay historias inconclusas, como los relatos, que se quedan en el tintero sin llegar a hacerse palabras. Sensaciones que vuelan hacia el horizonte que despacio se aleja. Por alguna razón no llegan a ser, y mueren en hojas amarillentas que vuelan con la brisa.

Este pequeño relato empezó hace mucho, y quedó inconcluso, y apagado, hasta hace poco, porque a veces las sensaciones que un día murieron entre los dedos de repente, nacen de nuevo, y bailan otra vez al compás de nuevas notas, sintiendo la música.  

Es noche cerrada, oscura. Apenas se ven las estrellas, pues las espesas nubes cubren el cielo, hasta la luna parece ocultar sus hilos de plata tras el velo de una, que caprichosa le hace de bufanda. Ella llega tarde, muy tarde, sabiendo que sortea los imposibles, y que él estará dormido. Que seguro la esperó hasta caer en un profundo sueño, imaginándola, anticipando las caricias, los besos, la pasión, de una noche robada al tiempo, parado por un día en sus calendarios.

Abre la puerta despacio sin hacer apenas ruido mientras parpadea rápido para acostumbrar sus ojos a la escasez de luz. Apenas los restos de unas velas iluminan la estancia, que llenan de ese olor a rosas que a ella tanto le gusta. Casi de puntillas se cuela en la cama y lo mira dormir. Respirando profundo y pausado. Plácido y relajado, tanto que no puede evitar sonreír mientras le da un dulce beso en los labios. Se desliza bajo las sábanas mientras se abraza a él, aspira su aroma sobre su espalda y se agarra más fuerte rodeándolo con sus brazos mientras se pega a su piel hasta que parecen fundirse en una sola. Él la siente y coge sus manos llevándolas hasta sus labios besándolas despacio, con todos los besos que guardó para ella durante el día, todos los que imaginó darle durante largas noches de espera, los que ardieron en su boca en cada uno de los momentos en que la distancia fué ausencia.

Despacio, muy despacio, se gira, hasta quedar frente a ella, con sus rostros casi pegados, casi compartiendo el aliento, mientras la mira con sus hermosos ojos oscuros, que la acarician hasta hacerle olvidar el mundo, invitándola perderse en su fuego, ese que arde sólo para ella. Y ella, ansiosa por refugiarse entre sus brazos, se deja llevar, como aquella mañana, como en aquel primer beso, que robado en un arrebato de valentía y deseo desarmó cada ladrillo de sus barreras, y como ese día, siente sus manos dulces pero firmes sobre su espalda, acercándola a su cuerpo hasta pegarla a él, hasta fundir su cuerpo en ese beso, en que le entrega su alma.  Y ella responde con sus ganas de perderse en mil iguales, en él, olvidando lo que la rodea, sintiendo que el mundo no existe, y que da igual que arda, porque ellos tienen su propia hoguera.

No hay nada más, sólo ellos dos, y mientras le mira, dibuja sus labios con la punta de un dedo acariciándole despacito, pintando su piel de mariposas. Y él medio dormido le susurra muy bajito un te amo que la recorre entera, haciendo que se le erice cada sensación muy dentro.

Y como entonces, Tiembla.

Tiembla bajo sus manos, como una hoja acariciada por la brisa, llena de sensaciones que juegan bajo su piel acariciando su alma, arropando ese frío que a veces la paraliza, que a veces se le clava aún en los huesos, en su sentir más profundo, y al calor de sus besos, de sus yemas enredadas en sus cabellos, se despiertan mil sentimientos dormidos, y él, que la siente deshaciéndose en sus manos, la acerca aún más abrazándola con todo el calor de su corazón, secando una lágrima que sin querer se le escapa rodando despacio por la mejilla. Ella le besa fundiéndose en su boca, y el mundo desaparece en ese mar de sensaciones.

Ansiosos por sentirse, se susurran las palabras, y mientras la abraza y acaricia despertando la piel, siente como se derrite en su boca mientras sus dedos juegan a tatuar caricias sobre sus poros.

Y ella se siente agua entre sus manos, derretida mientras sus dedos deslizan despacio su ropa hasta liberarla de cada prenda,  la acaricia muy despacio dibujando su piel apenas con sus yemas, recorriendo lento su cuerpo, besando cada centímetro de su cuello, abrazando su cuerpo desnudo, piel con piel, sin dejar de besarse hasta sentir la presión de sus pulmones en ese último aliento.

Se separan apenas un centímetro para mirarse a los ojos y verse en ese fuego que ella siente que la hace ceniza. Sus manos la recorren muy despacio y mientras recupera la respiración  sus labios pintan de sal cada milímetro de sus poros, erizados en mil sensaciones en su piel hambrienta. El calor los envuelve, despertando el deseo que crece queriendo sentirse, necesitando fundirse uno en otro, con urgencia, como un fuego que quema piel y voluntad, y ser uno en la madrugada bañada por los rayos de la luna, empeñada en ser testigo de su amor, cómplice de sus encuentros, guardiana de sus noches, mientras como una dulce marea la pasión baña sus orillas.

Él la mira una vez más, ahogándose en el mar de sus ojos, llenando de vida su corazón, y de pasión su cansado cuerpo, y mientras bucea en su azul cristalino le susurra -Hazme el amor, y vísteme con tu piel y tus palabras, lléname con mil caricias y arropame con tus besos, despierta una vez más mi alma, hazme arder entre tus dedos, y que nos sintamos vivos, hasta sentir que muero- y mientras cada palabra es un suspiro, sus ojos la envuelven en el fuego de su deseo, y se aferra a su espalda para que la sienta, para que le baile hasta los sentimientos más profundos, llenándola de su calor y su esencia, de su amor y pasión, de su deseo. Sintiendo juntos sus cuerpos unidos formar uno solo, que se mueve escuchando una música que solo suena para ellos.

Y se aman, como si no existiera más noche, cómo si no hubiera mundo, mientras la pasión los abrasa, los funde, poseyendo cada rincón de sus cuerpos, cada cristal de sus almas, mar y fuego unidos, agua y arena bañados por su pasión, hasta amanecer rozando el horizonte con la punta de los dedos, sintiendo que no existe el mundo más allá de su abrazo, de sus almas unidas, de calor de su amor, vibrando, sintiendo, y mientras todo se funde en placer y sensaciones que estallan muy dentro, la noche los acaricia con su magia, mientras la luna les sonríe acariciando sus pieles, rozándolas con sus halos de plata.

Entrelazados aún, se dejan caer, cuerpo sobre cuerpo, se acurrucan muy pegados y con un último beso, ella se refugia en el hogar de su abrazo hasta sentir la dulce caricia del sueño, mientras se siente en casa, entre sus brazos.


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Pequeño poeta

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A veces no “vemos” realmente a las personas. Creemos conocerlas, y las etiquetamos, sin mirar la belleza de su alma, el calor de su corazón, y pasan desapercibidas. A veces, estamos rodeados de poesía y no la sentimos. Yo conozco a alguien con un corazón muy grande que se escondía tras una coraza de tiempo y distancia. Hace mucho, un día cayeron las barreras y vi su alma, dulce y tierna, aunque nada me sorprendió, pues en realidad yo ya la conocía, y la inspiración que es caprichosa, me susurró un pequeño cuento. 

Dicen que había un aprendiz de poeta que siempre miraba a la luna. Ella, confidente del torrente de sensaciones que vivían en su pecho, acariciaba sus noches con sus haces plateados. Dicen, que él acudía cada noche a una playa de olas pausadas, de rumor de sal y brisa cálida y allí, sentado en su arena imaginaba. Escribía, componiendo poemas, garabateando notas sobre un gastado cuaderno. Canciones, que algún día podría dibujar sobre las hojas de toda una vida. La de ella. Y en silencio, sintiendo tan sólo la música de sus latidos, soñaba.

Dicen, que en su pecho guardaba el dolor de un mundo que agonizaba, sordo a los lamentos de las almas nobles, corrompido por la avaricia y el orgullo, tan decadente, que se bañaba en las miserias de unos pocos. Y él, con su corazón puro, acogía todos esos gritos sordos, secos, que nunca llegaban a escucharse. Guardaba como semillas cada lágrima vertida, depositándolas en aquel mar que lo acogía, entre espuma blanca y rumor de brisa salada, esperando que un día amaneciera de nuevo la luz.

Esperando el día en que pudiera plantar cada pequeño recuerdo, cada semilla albergada en su memoria, cada palabra escrita para no ser olvidada.

El joven, era muy humilde, y trabajaba por unas  monedas en todo aquello que le ofrecían, esperando su oportunidad. Voluntarioso y dispuesto, esperaba, mientras leía ilustrando su mente, llenando de belleza su corazón, y entretanto, la poesía se le escapaba entre papel y tinta sin que se diera apenas cuenta.

Y cada noche, acudía a aquella orilla a sentir las historias que el mar le contaba, aquellas en las que los hombres eran amigos, y buscaban su sustento en armonía con la naturaleza.

Eran tiempos en los que la cordura, aún no había desaparecido y la tierra ofrecía sus frutos generosa, extendiendo como un manto sus bosques y montañas, sus rios de aguas limpias y cristalinas, y el mar no conocía de la avaricia de unos pocos, y en su inmenso azul pintaba aquel pequeño planeta.

El poeta escuchaba, y escribía cuentos y versos imaginando lugares que llenaban de belleza sus ojos. Se esmeraba para guardar entre letras toda esa magia, los primeros rayos de luz al amanecer sobre el horizonte, pintando de oro el mar, que los recibía en sus crestas de ola en espuma limpia. El olor a sal de la brisa acariciando su piel, llenándola de emociones. El aroma de la tierra mojada tras la lluvia o la caricia de la hierba sobre sus pies descalzos. Y así garabateando entre borrones de poesías incompletas, guardaba la belleza de cada instante, y cada poema era como un frasco de esencia atesorando belleza.

Dicen que el tiempo lo volvió mas callado, mas adusto y triste. Enfadado con un mundo que se volvía hostil, vacío de humanidad y sentimientos, y que él, cada vez más, no entendía, fue aislándose, esperando el momento de sembrar de nuevo todas aquellas pequeñas maravillas. Callaba su alma noble entre la locura de un mundo inmerso en su violencia y sinrazón, que lleno de codicia agonizaba marchitando su belleza. El pequeño poeta se sentía muy solo, impotente, y poco a poco una profunda tristeza se apoderaba de él, mientras el fuego de sus ojos, la pasión y el enorme calor que guardaban, se apagaba.

Cada noche miraba a la luna esperando respuestas sin saber las preguntas, esperando, que sus rayos de plata dibujaran un camino por el que transitar, por el que seguir. Y así, esperando, las noches se hacían amaneceres, y el día llegaba con su luz hiriente sin haber encontrado los porqués, a tantas y tantas cosas que apesadumbraban su corazón, mientras se encogían sus esperanzas.

Una noche de luna llena, en la que el cielo parecía más cubierto de estrellas que nunca, como si quisiera cubrir las sombras de luces que iluminaran la oscuridad profunda que sucede al último rayo del ocaso, al llegar a su playa, vio sorprendido que en la orilla había una niña. Era menuda, de piel de luna, blanca y y transparente, y largos cabellos. Caminaba de puntillas, jugando a bailar sobre la espuma que acariciaba la arena, mientras susurraba una canción. El pequeño poeta, lleno de curiosidad se acercó despacito, por miedo de que al verle, la niña se marchara. y al llegar casi a su lado, se sentó en la arena, fascinado por su vaivén acariciando al viento.

La niña, tenía los ojos entornados y danzaba al compás de una música que sólo ella parecía sentir, como si el viento y las olas tocaran para ella. Y él, apenas se atrevía a respirar profundo, temiendo, que al verle, se asustara y huyera, aunque la niña, inmersa en sus sensaciones parecía no haber percibido su presencia, o simplemente, la ignoraba, y absorta en su danza dejaba que el mar besara despacio sus piececillos, y la brisa de sal bailara entre su ropa y sus bucles de fuego, mientras ella daba pequeños pasos y giraba. Y él no podía dejar de mirarla, parecía apenas rozar la arena y el agua, un pasito hacia allí, un giro hacia allá, pequeños saltos sobre olas de espuma entre risas, mientras sus manos acompañaban a la suave brisa de la noche enredándose en su cabello.

Así transcurrió un tiempo que el joven, incapaz de mesurar, creyó un suspiro, hasta que de repente, sin previo aviso, la niña dejó de danzar, abrió los ojos y en tan solo un par de saltitos, apareció de rodillas frente a él, y antes de que pudiera apenas suspirar, fundió un abrazo sobre su cuerpo. Inesperado, cálido y profundo. Abrigo de unos brazos menudos pero llenos de una inmensa fuerza, y el joven sin saber bien porqué empezó a llorar, cómo si guardara mil gotas de fustraciones, cómo si la lluvia de su alma cayera toda en torrente por sus mejillas, cómo si tantos años de espera resbalaran en aquel agua salada que brotaba sin remedio, y entonces, como si pudiera leerle por dentro, la niña le abrazaba más fuerte, más tierno, más profundo y sus suaves y pequeñas manos lo rodeaban, y su dulce alma de cristal brotaba de sus ojos cerrados en aquella tormenta de sensaciones, y al sentirlo, la niña le tatareó sonriendo una canción, susurrando muy bajito.

-No puedes llevar el peso del mundo en tus manos, no puedes guardar todas las lágrimas en tu corazón. Ha de caer la lluvia, y regar la tierra yerma y seca que llena de polvo tu camino, y luego has de partir, y sembrar cada recuerdo para que florezcan de nuevo las sensaciones. Y si quieres, yo iré contigo- le dice con su dulce voz, le habla y le sonríe, como si una sonrisa pudiera curar todo el dolor del universo, allí, frente a frente, arrodillados sobre la arena entre rumor de olas y reflejos de luna, el joven poeta mira a la niña en silencio, sintiendo que el mundo necesita que le recuerden lo que ha olvidado, que hay demasiadas sombras ahogando la luz de las almas.

Nadie sabe lo que duró aquel bello silencio, nadie sabe a ciencia cierta dónde empezó su viaje, ni desde que sendero, colina u orilla brota ahora la poesía, ni dónde danzan las notas libres al viento. Pero las gentes hablan de un pequeño poeta que acaricia con las palabras recorriendo los caminos, vistiendo de historias los sueños, mientras la música nace entre las grietas de la tierra, bajo unas pies menudos, que bailan hasta que brota la hierba y la esperanza.

Dicen que hace muchas noches que la luna espera en la playa, y mientras mece la orilla al compás de las olas, canta una dulce y triste canción. Refleja sus brillos acariciando un mar en calma, dibujando un camino de luces plateadas que iluminen los sueños, los que dejó sobre la arena un pequeño poeta antes de fundirse en la noche hacia el horizonte.

Algunos dicen que hace muchos atardeceres que el poeta y la niña recorren los caminos, y cogidos de la mano caminan sin descanso, buscando donde recuperar la esperanza de un mundo cansado y desfallecido, hambriento de sensaciones, de justicia, de paz, de alegría.

Hay quien dice que en realidad, un día el viento los llevó lejos, donde ya nada puede alcanzarles, pero ya se sabe, nunca se descubre cuanto de leyenda y cuanto de cierto hay en un cuento…