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Smile

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Y a veces sólo sonríes como coraza. Y el mundo se para al borde de esa sonrisa y no pregunta. Y mientras, te inventas un cuento en qué refugiarte de la náusea del mundo. Del asco en las tripas delante de una realidad  que sólo escupe miseria.

A veces cierras los ojos y subes la música para no sentir el ruido, e inventas bailes en los que olvidar esa rabia que te crece por dentro con cada injusticia, con cada puñalada rozando tu cordura. Y buscas una canción en que adormecer la tristeza, hasta bailarte toda la melancolía.

Buscas entre tus escombros el rincón del alma dónde aún te quedan sueños, dónde las ganas se te agarran por dentro sacudiendo  los miedos, los desengaños, buscando esa brizna de rebeldía que aún te hace temblar mirando al horizonte.

Y te coses una y mil veces, incluso esas en que te odias un poco por no ser más paciente, más calma, más orilla y menos tormenta, y te repudias por no abrazar sus errores mientras tus palabras hieren como un pellizco. Y entonces mueres un poco por dentro.

Y entonces crees que ya no quedan sonrisas que regalarle, que se te han muerto todas las horas esperando que amaneciera esta tormenta. Que ya no quedan arcoiris que traspasar entre el frio de este otoño hecho lluvia.

Que cayeron todas las hojas sobre la tierra yerma, seca, y vieja, hasta pudrir todas las flores.

Y piensas que ya no queda luz en tus ojos vacíos, cansados de mirar horizontes que nunca se alcanzan. Secos, sin el brillo de su esperanza.

Sientes que ya no quedan palabras que llenen el silencio. Que apuñalen el aire hasta crujir los vacíos. No queda música, ni canciones que te bailen.

Y entonces te mira, y vuelves a ser mar bravío, en sus ojos.

Y entonces, sólo por arropar su alma, sigues danzando bajo esta lluvia que recorre la tuya. Sólo por su calma ruge esta tormenta, mientras abrazas su inocencia. Y en el cuenco de sus brazos dulces te haces hogar, mientras sus besos acarician tus cicatrices, hasta hacerse bálsamo de cada herida.

Te sonríe, y el mundo se tambalea bajo tus piernas cansadas, y se agarra a tu cintura, y tu sientes como tantas otras veces como te rompes por dentro, hasta hacerte polvo, y como te aprieta su abrazo, hasta juntarte todos los pedazos, hasta coserte cada uno de tus rotos. Hasta fundirte en su sonrisa.

Y mientras suspiras todo el aire contenido vaciando tus pulmones, como si el aire fuera humo negro de desesperanza, piensas en el inmenso poder de una sonrisa, esa que incluso hechos pedazos te llena de ganas hasta seguir intentándolo.

Y mientras besas su rostro le dibujas un ojalá en tus labios, hasta rendirte a la esperanza que habita en sus ojos, hasta perderse en su mar que es calma, acariciando su corazón tan grande y tan pequeño. Y casi sin querer sonríes, sólo para él, con cada pedazo que queda de tu alma.

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Un Ojalá

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Pues algún extraño misterio ha extraviado estas letras, las que se escurrieron entre las teclas hasta llenar un huequito de mi alma. Un suspiro compartido. 

Se le escapan los ojalás por los ojos, y la energía entre los huecos de sus manos haciendo cuenco para saciar mi sed. Se le desparraman las ilusiones y las caricias. Las que guarda entre vigilia y vigilia hasta aposentarse sobre mi pecho, a respirar al ritmo de mis latidos, haciendo música con cada gota caliente de aire que exhalan sus pulmones, sobre mi piel ajada, hasta despertarla.

Se le para el palpitar en cada recodo polvoriento del camino, mientras las piedras se clavan en sus pies desnudos. Llagados de bailar sobre acantilados bordeando mi piel. Acariciando cada surco, cada poro, hasta pintar deseos sobre el cartón de este cuerpo maldito.

Abraza mi ansia hasta el fin de todas las tormentas, mientras me regala la luz de su sonrisa, arrugada y valiente. Y nunca fue tan hermosa como sobre mi vientre ajado. Ni tan bella. Ni tan ella.

Se le escapa la arena de su reloj del tiempo, escurriendo entre sus dedos todos los segundos que no fueron. Todas las veces que trabados los pies al suelo, plomizos como vigas no la dejaron avanzar. Y abre las manos vacías, para recogerme en ellas, agarrando la piel rugosa de mis palmas con suavidad y dulzura hasta aferrarlas sobre el filo de mis miedos, mientras me pega a sus poros, abiertos para hacerse piel sobre mis secos huesos. Y ella marca mis latidos al compás de su aliento sobre mi pecho, sabiendo que nunca me sentí tan vivo.

Él la mira en silencio. Apenas respira conteniendo el aire que le explota en los pulmones, temiendo alterar la luz desparramada en su rostro, la sonrisa que dibujan sus labios entre aliento y suspiro, ese vapor de sal que cosquillea sobre su pecho, mientras ella duerme enroscada en su cuerpo, ajena al alboroto que le trastorna por dentro el más leve roce de sus poros.

La abraza haciendo refugio entre sus brazos a todos sus recuerdos, esos que la arañan y se hacen sombra tras sus párpados cuando cree que no la mira. Y mientras sin apenas rozarla besa la maraña de sus cabellos, libres y alborotados, como ella, como su esencia.

Lleva aún en los labios el sabor de sus besos, dulce alimento de su boca huérfana, siempre hambriento de ella, y se aferra al calor de su piel, la que le da la vida a su corazón tan viejo y tan virgen a la vez. Nunca fue tan dulce como anidando en el hueco de su cuello. Tan lleno de fuego. Tan él.

Él me mira en silencio. Apenas roza mi piel con sus yemas dibujando todas las caricias que sin saber me guardaba. Me agarra a su cuerpo, acoplando cada rincón del mío entre sus huecos, hasta hacernos puzzle, piezas encajadas en el molde del sentir. Unidas por lazos invisibles, cosidas a pespuntes de cariño y paciencia, de pasión creciendo entre grietas y retales del corazón, hasta hacer un lienzo con cada uno de sus poros, hasta ser mapa de vuelta a casa.

Me mira dormida sobre su pecho curtido, trazos de vida arañando imposibles, y me acaricia la cadencia de su voz, derramando la ternura de su inocencia maltratada. Escondida bajo la piel lacerada, la que dormía perdida, bajo la costra de mil heridas de sal que llenaron su alma, despertando en el cuenco de mis manos hechas refugio.

Me acarician las palabras susurrando amor, mientras anido sobre su cuerpo, él vela mi sueño y abraza mis suspiros, haciendo vigilia a mis latidos que habitan bajo su piel hasta ser amanecer para mi. Y mientras besa mi frente, hasta inundar mis vacíos de sal y ternura, flota en su aliento un ojalá, dibujado en sus labios.

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Your soul

sensaciones

Y ahí estás tú otra vez, con el corazón lleno de costuras y el alma cogida en pespuntes. Sin red ni coraza que la proteja, rotas las barreras, mientras te expones una vez más al vaivén de los imposibles.

Alma de cristal, de agua y viento, se te enredan los sueños en las pestañas, mientras buscas en el horizonte. Siempre hacia adelante. Siempre sin miedo, ansiando sentirte viva, paseas descalza por una orilla llena de conchas vacías. De promesas inciertas. De ojalás que nacen entre las estrellas cada noche y viajan sobre la espuma de ese mar que es tu horizonte.

Desnuda por dentro, donde nada puede cubrir las sensaciones, eres transparente, y vestida de piel, palabras y caricias, sigues bailando el camino, polvo y tierra de una senda que recorres sin ruta ni mapa, sin brújula, improvisando en cada cruce, sabiendo que el destino no importa, si ha de ser final. Y sin prisa caminas por los bordes del precipicio de los recuerdos, mientras tus pasos viajan sin ruta.

Caminas, bailas y tarareas esas canciones que te saben a vida, muchas veces inventando la letra, olvidando las palabras que un día fueron barrotes de una jaula invisible. Y Sonríes, buscando lo amable del mundo, el lado bueno de las cosas, incluso las que desgarraron jirones en tu carne, mientras suena la música haciendo eco en tu pecho, confundiendo el compás de tus latidos, hasta nacer canción.

Paseas por un camino hecho de arena, toda la que dejaste caer hasta vaciar tus manos y tus bolsillos, y el reloj de arena de todas las horas pasadas, hasta aliviar el peso de tu cuerpo cansado y vivido, bordeando el abismo de tus cicatrices que aún a veces parece abrirse bajo tus pies, como un agujero negro y sin fondo.

Ese que a veces se hace profundo hasta hacerse nudo en la garganta, llenando de silencio el azul de tu océano, lluvia silenciosa que recorre tus poros hasta escapar de tus manos vacías, tendidas a un ojalá incierto.

Ese que sin mirar recorres bailando de puntillas, y descalza. Porque la vida ha de ser descalza.  Y a manos vacías, y abiertas.

Y sabes que que quedan muchas batallas que zarandearán tus cimientos hasta hacer temblar tus paredes, pero pese a todo esperas con las ventanas abiertas, mientras el viento baila por todos tus rincones. Y tal vez te hieran,  y te peles de nuevo las rodillas en mil caídas que escocerán, hasta encogerte el alma, igual que todas esas heridas que aún, ocultas bajo los poros, se abren en las noches sin luna, mientras suena esa canción.

Y mientras bailas al son del viento, cierras los ojos pensando que vale la pena, que cada tropiezo te curtió la piel, mientras tu alma sigue siendo terciopelo, y así, pese a todo seguirás sintiendo. Latiendo emociones a cada suspiro mientras la vida te enamora.

Y que bonito si me acompañas, erizando cada trozo de alma cosida con hilo de besos. Tus besos.

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140 centímetros

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A veces la vida es un camino lleno de giros inesperados. Una noria girando. A veces la valentía se contiene en ojos que miran de frente. En cuerpos menudos y almas grandes. A veces los héroes no miden más de 140 centímetros. Y con su valentía nos hacen seguir adelante con una sonrisa y la ilusión en la mirada.

Ella me mira con sus ojos profundos, oscuros como la noche y limpios como la inocencia. 140 cm de valentía, y es que ser grande no es cuestión de tamaño o talla, sino de coraje, y de ganas.

Ganas de pillar a la vida por las solapas y zarandearla hasta que caigan las hojas de la melancolía como estrellas de otoño, de bailar sobre las olas en una noche de luna cualquiera, ganas de pelear y reír, de saltar sobre los charcos hasta secar la lluvia que se te hace torrente en el alma, de soñar de puntillas, como sólo los niños saben hacerlo. Y en 140 centímetros caben muchas ganas.

Me mira, y sin decir palabra, sus ojos me preguntan porqué. Porqué el camino se tuerce a veces sin avisar, y se estrecha hasta hacerse túnel, mientras nos reta burlón a atravesarlo. Si puede seguir soñando entre canciones, bailes de pasos improvisados y llaves de yudo, inventando recetas y decorando restaurantes, cantando canciones de letras imposibles hasta que sólo quede música. Hoy princesa, mañana pirata, guerrera pasado.

Y yo simplemente sonrío antes de abrazar su menudo y delgado cuerpo, tan frágil y tan fuerte a la vez, como si todas las respuestas pudieran contenerse en el calor de unos brazos.

La habitación está en semi penumbra, una persiana medio bajada resguarda el aire del calor plomizo de una tarde cualquiera de verano, mientras en los haces de luz bailan las motas de polvo, que al entre cerrar los ojos parecen mil estrellitas diminutas.

En el rincón el vaivén pausado de una mecedora interrumpe el silencio y la modorra, y en ella su madre sonríe, disfrazando la tristeza que enturbia el dulce tostado de sus ojos, y ese violeta profundo que pinta de cansancio su rostro. Tiñe de añil el brillo que desafiante guardaba su mirada, mientras ahoga la rabia. Y aunque su mirada grita un porqué lleno rebeldía, muere en sus pupilas mirando hacia ninguna parte, concentrada en no dejar escapar las lágrimas, y la pared parece absorber la energía callada de su desesperanza.

Sé que está enfadada. Tanto, que aprieta los puños hasta hacerse daño en las palmas de las manos. Clavando en ellas todas las palabras, y esa ira que le hierve por dentro, hasta pausar el aliento en sus pulmones, y las ganas de verterse en cascada. Pero ahoga las lágrimas y un quejido hueco que se atraviesa muy dentro, y sólo, por que ella no la vea hecha lluvia, empapa la pena en su alma y calla. Y en mi mente, bailan todas las cosas que quisiera decirle y que atropelladas mueren en mi garganta. Quebradas y masticadas, taponando las lágrimas secas que se evaporan en mi mirada, sólo puedo medio pronunciar un “irá bien” que me golpea por dentro hasta hacerse eco, mientras sonrío a mi niña dragona que despacito se desprende de mis brazos.

Ella me mira con sus ojos llenos de ojalás, y sin dejar de dibujar su sonrisa, me susurra un “no nos rendiremos” que rebota en las paredes hecho promesa, y acaricia con su fino dedo las palabras que me he dibujado en los poros, mientras me pide que le lea de nuevo mi infinito. Y es que a las notas les puse palabras y ahora tengo un sueño pintado en la piel, y a ella, le gusta acariciarlo con sus delgados dedos memorizándolo. Cómo si eso fuera importante, cómo si cada vez que lo repasa lo hiciéramos un poco más cierto.

Y mientras me pide una historia de piratillas traviesas, su madre se concentra en la lectura hasta secarse los ojos. Cursillo acelerado buscando respuestas que le hagan el camino más fácil.

Ella se enfada porque está cansada, porque la despierta para pellizcarle en la punta de los dedos y medir su dulzura entre penumbras de noche callada. Protesta con la energía de las niñas guerreras, porque su lucha tiene horarios, y normas encorsetadas, tiene gramos contados al milímetro, subidas y bajadas, y risas y lágrimas que se entremezclan, y mientras, jugamos a las enfermeras, a aprendernos las reglas, a multiplicar unidades y restar gramos, y a no salirnos de los márgenes mientras estamos deseando hacerlos saltar por los aires.

Ella se enfada porque es para siempre, y sabe que contaremos miles de gotas rojizas esperando que el parpadeo de unos números nos den la pauta. Y mientras se palpa el brazo me dice -ves, ahora tienes que aprender tú-

Me sonríe con sus palomitas contadas antes de la última película, atesorando su bolsita. Y yo pienso mientras la miro en la penumbra de un cine cualquiera, que la vida está llena de curvas y baches que no vemos venir. Pero también de atardeceres, de estrellas y lunas, de música y risas. De sueños que no mueren pese a las dificultades. Y de valientes.

De héroes contenidos en 140 centímetros que nos sonríen. Y nos llenan el alma de vida.

Ella trenza

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Ella no soy yo. Escribí estas pequeñas letras pensando en una luchadora, una mujer vivida en las mil batallas de la vida, y pese a ello nunca rendida. Ahora lo releo y creo que hay muchas de vosotras, mis niñas guerreras trenzando sus silencios entre notas y letras. Peleando cada segundo, cada instante, sonriendo, con las rodillas peladas y las ganas apretadas. Con los sueños enroscados entre cabellos al viento. Asi que con todo mi cariño, yo os trenzo en un abrazo cálido y mullido, y os sonrío.

Ella trenza sus silencios, y entre suspiros esconde las espinas de un dolor que aún araña. Guarda en un rincón del alma todos los pedazos del cristal de su corazón agrietado. Guarda el recuerdo de una coraza enroscada a su cuerpo. Fundida en el calor de un corazón, hasta deshacerse a sus pies al abrigo de un abrazo.

Ella guarda todas las caricias, las que murieron marchitas entre reproches, palabras negras y espesas haciendo losa sobre su alma, mientras sus ojos dibujaban sombras añiles en su dulce rostro.

Tiene en los ojos el brillo de las amazonas antes de la batalla y la dulzura de un ángel caído entre la hojarasca de esta tierra amordazada e injusta.

Ella trenza entre sus manos el viento enroscado en sus cabellos y mientras juguetea a despeinarla se hace música entre sus dedos. Guarda en la mirada todas las guerras pasadas, las que arañaron su inocencia hasta rasgarla por dentro. Y en lo profundo de su mirada queda aún la llama de una esperanza. La que crece entre sus manos, la que se hizo refugio contra su pecho.

Tiene la fuerza del silencio. El que llena el aire hasta hacerlo música, mientras ruge por dentro de su alma un corazón indómito.

Ella es viento. Y mientras acaricia, las hojas bailan la danza de las mil lluvias. Las que brotaron de sus ojos hasta hacerlos lagos profundos. Las que cayeron apretando los puños, hasta clavarse las ganas y las uñas sobre las palmas de sus manos vacías, hasta no sentir más que frio.

Ella es música, y trenza entre susurros todas las notas que llenaron el silencio hasta salvarla de tanta pena apretando en su pecho. De la rabia de su impotencia martilleando en las sienes, de la sangre hirviendo a borbotones, hasta marear sus sentidos. Rabia amarga que en sus labios, rezuma tristeza, callada y violácea como el tatuaje de los mil golpes de esta vida tramposa.

Tiene la fuerza de la rebeldía, de haberse roto una y mil veces, y tras recoger cada cristal de su alma, agarra a la vida por las solapas esperando respuestas sin saber las preguntas, con el valor del que perdió mil guerras, y sabiéndose vencido sopla el polvo de sus lágrimas para pelear la siguiente.

Ella es luz. Tiene la  fuerza de una sonrisa. La que nadie pudo quebrar y brilla aún en sus ojos, y se curva indómita en sus labios mientras te mira, acariciandote con la brisa de un parpadeo, mientras nace en la comisura de su boca un ojalá. Es la cálida luz que escapa entre sus grietas, llama que oscila bailando a las sombras.

Tiene el susurro de su nombre en los labios, y los sueños enredados entre mechones, y entre mil sensaciones las mariposas anidaron en su pelo hasta trenzar sus suspiros, hasta acariciar el silencio de sus cicatrices.

Y mientras se hace luna, el silencio se dibuja en violeta.

Hoy, Tregua

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Hoy me he dado una tregua…

Me he levantado bandera blanca. No silban balas sobre mis pasos. No explotan los silencios. Flota en el aire viento cálido y calma.

Me he concedido una tregua, como si de repente nada existiera, como si el horizonte meciera mis angustias, como si por unos momentos pudiera mantenerlo así, en calma, una mañana cualquiera de un día sin fecha.

Tregua de sensaciones, de prisas, de recuerdos. De mí, de tí, de nosotros. Y que por fin dejes de doler, cada vez que clavas tus astillas en mis rendijas, cada vez que están a punto de cerrarse. Para que el acero de tus ojos deje de ser puñal de indiferencia, y la página que guarda lo que fuimos pueda quedar en la cajita del pasado, para que no se duela, y que tu sombra, la que planea sobre nuestra calma, flote en esa parte de las habitaciones a la que no alcanzamos.

Me he dado pausa. Para dolerme, para reirme, para buscarme, para encontrarme de nuevo, mientras bailo en círculo por las habitaciones, descalza y de puntillas como temiendo pisar los cristales de los sueños, hasta que suena esa canción. Y entonces, mientras sigo las notas con los ojos cerrados, me perdono un poco, por dejarme abrazar por la melancolía, por darle tregua a la alegría, mientras tristeza se escurre entre los dedos en mil sensaciones que escribir en el aire, hasta que pase la última tormenta, hasta que no nos quede lluvia.

Me he dado tregua mientras le sonrío a la niña del espejo, la que me mira con ojos limpios llenos de posibles, de ojalás que aún ni si quiera imagina mientras se trenza las ilusiones. Ella también me ha dado tregua, para sentir la música inundando las habitaciones, retumbando contra las paredes, mientras llena los vacíos que quedaron flotando en el aire. Y mientras las notas pasean sin prisa por mis poros, se me cuelan entre rendijas y me bailan cada uno de los cristales del alma. Suenan las canciones, y es como escucharlas de nuevo, descubriendo que aún nos queda mucho que bailar descalzas.

Mi niña guerrera acaricia despacio mis cicatrices, las que sólo ella ve mientras sopla sobre sus costras, como si ese dulce susurro que es su aliento pudiera curarlas deprisa.

Hoy le di descanso a la prisa, a la exigencia, y me recreo sintiendo, mientras doy paso a las emociones invadiendo todos los rincones, sabiendo que ese último baile siempre será conmigo. Y le sonrío al reflejo del espejo, donde sigo teniendo los ojos llenos de ilusiones, y las ganas intactas.

Hoy, porque mañana es una incógnita que descubrir a la vuelta de las mil y una esquinas de nuestro camino, y ayer, es la página desgastada que pasó cuando acabó el invierno.  Y tal vez, porque a veces, olvidamos que vivir es sentir todos los segundos de ese reloj de arena que se te escurre entre los dedos, a poco que te descuides.

Y mientras siento un nudo de sensaciones, me lleno el alma de un suspiro profundo, tal vez porque hoy sé que no hay vencedores en esa batalla, que la única que gana es la vida, y muy despacito respiro, casi conteniendo el aliento, apurando esos momentos dulces que a veces se le escapan, como sin querer, dando alas a nuestra esperanza, en cualquier curva de esa hilera de baldosas, que pisamos saltando sobre los miedos hacia nuestro Oz particular.

Hoy sólo quiero sentir la música, y danzar de puntillas hasta que no exista el tiempo, y las notas fluyan acariciando al viento. Y sobre cada paso una sensación nueva, mientras ella me mira desde la esquina de esa ventana, que es sólo nuestra.

Voy a atardecer despacio, mientras las nubes pintan de fuego el cielo y esperan sin prisa a la luna, y la noche me traiga esa canción que tal vez salve nuestras almas o las haga suyas para siempre.

Hoy te miraré vida, saliendo entre mil costuras y desgarrones de la trinchera, donde agazapada juegas con nosotros como piezas de huesos torcidos de una partida llena de trampas, y me tiendas la mano como bandera blanca mientras me sacas a bailar.

Mañana tal vez ya no quede guerra que ganar, pero hoy soy tregua. Y respiro.

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Clandestino

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A veces la única forma de protegernos de este mundo que tanto duele,  es escupir las sensaciones que nos arañan entre letras y palabras. Y es en esas veces, que me transparento más de lo que me gustaría.  hoy es un día de esos.

Ojalá un día nadie tenga que apretar entre las manos la esperanza, aferrándose entre oscuridad y miedo a un sueño de humo. Esto que no son más que cuatro letras sencillas podrían ser la historia de cualquiera, no muy diferente de las que leemos a diario, no muy distintas de las que hace mucho, muchísimo tiempo escuché en primera persona. Si hace pensar un poquito ya es mucho para mi. Gracias.

Hamal vive entre cartones, guarda la esperanza en un bolsillo de la chaqueta un poco grande que encontró hace ya algunas semanas, junto al container de su esquina, esa esperanza que le resguardó del frío, cuando esperaba en aquel bosque oscuro y lleno de barro, la que le llevó hasta las fronteras, atravesando el desierto. La que al sentir rasgarse su carne contra la valla, le impulsó más que a los otros, mientras agazapado se escondía, aterrado como un niño. Tiritando de frío y miedo, mientras apretaba los dientes, buscando la fuerza para no desmoronarse ahora, que casi roza el imposible. Sintiendo la sangre fluir por su brazo entre carne desgarrada tiñendo de rojo su oscura piel, y la blanca nieve que cubría el barrizal en el que esperan, soñando que existía una vida de oportunidades, un mañana, y pese al dolor profundo que le arañaba las heridas,  luchaba por no desmayarse mientras  aprieta un poco más la mandíbula, encajando los dientes escondiendo su miembro herido bajo la ropa. Hamal recuerda el pánico. El aislamiento, el dolor rasgando su carne casi tanto como su alma, y como allí, hecho un ovillo pensaba en su niñez.

Que lejos queda ahora todo. Su pueblo, seco y yermo perdido entre el humo de explosiones y los llantos apagados de la miseria. Su familia, despidiéndole en silencio, con la mirada amenazando lluvia y un poso de esperanza. La de todos ellos, hecha hatillo como la más preciada pertenencia, condenada a viajar miles de kilómetros de distancia y soledad, buscando esa última oportunidad. Sus sueños, pintados sobre el techo de su cama, tejidos con el hilo de las ilusiones, frágil y dulce.

Ahora vive bajo las estrellas, en una casa de cartón. Para Hamal cada día es el último y el primero de una vida prometida que le esquiva tras cada esquina.

Y mientras se abraza en la oscuridad, añorando la tierna piel de su madre, el aroma de su caricia, la dulzura de su voz arrullándole a oscuras, recuerda a aquel sacerdote. No sabe porqué pero se acuerda de él, hablando del castigo de un dios omnipresente, contra todos los que no abrazaban su mandamiento. Y él, en su inocencia le preguntaba si también castigaría a sus dioses paganos, a su tierra pobre expoliada por la avaricia de unos cuantos, si no la estaban castigando ya entre todos, sumida en miseria y sequía, en tierra cuarteada, y el sacerdote callaba envolviendo sus miedos en silencio,mientras clavaba en él sus ojos, duros y penetrantes, mirándole con desaprobación.

No sabe por qué le recuerda, ahora, que está sólo en la oscuridad, de nuevo hecho un ovillo, abrazando sus miedos en la espalda, en la humedad de una noche de diciembre llena de estrellas, casi tan brillantes como las luces que adornan la ciudad, esperando ver amanecer los sueños.

Suspira mientras cierra los ojos, sintiendo rugir el hambre en las tripas, estrangulando su voluntad, hasta dolerle por dentro. Y piensa que es tal vez, porque entonces le hablaba de paraísos, de una tierra donde no había hambre, ni sed. De lugares donde el agua brotaba en cada casa, y no había que recorrer kilómetros para llenar un cuenco, y en sus cuentos, el horizonte era azul, y verde, mecido por brisas cálidas y los niños iban a la escuela, y sonreían, sin hambre arañando sus pequeños estómagos. Tal vez porque hoy el frío se clava como miles de alfileres sobre su cuerpo, y le duelen los huesos y los recuerdos se le emborronan. Y lloraría hasta quedarse dormido

A veces, le flaquean las fuerzas, y las ganas, y casi no puede reprimir el impulso de volverse. Tirar las promesas de una vida tras las sombras, y volver al refugio de su hogar, pobre, hambriento, pero su hogar. Y entonces ve los ojos de su madre, llenos de amor y preocupación, hasta doler, y cómo explicarle las cicatrices que surcan su cuerpo, el miedo cruzando las líneas, aquella nave llena de cuerpos tan doloridos como él, almas rotas, sin sueños, las mafias, la clandestinidad, el hambre. Hatillos de mercancía vendida en el suelo, siempre alerta, siempre a la carrera, siempre huyendo.

Y rebusca en su bolsillo, junto a ese pedacito de esperanza que aún le queda un trozo de pan duro con que acallar las entrañas, y ese miedo que renace cuando se descuida mientras se susurra “… Tal vez mañana nace la oportunidad, tal vez”.

Y mientras lágrimas silenciosas brotan despacio, se deja vencer por el sueño.

P.D. No conozco a Hamal, pero mi ciudad está llena de víctimas silenciosas de un mundo que no sabe dejar de devorarse. De sueños rotos. Un mundo lleno de fronteras a la miseria y el dolor, pero que no existen para los que acaparan sus riquezas. Que no hable de ello no quiere decir que no me importe. Tal vez, es que muchas veces el mundo me duele y no sé cómo parar la náusea

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