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Acostumbrarme

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Pocas veces te digo cuando llenas mi vida, cuanto iluminas mis sombras, o como acaricias mi alma cansada con tu sonrisa. Pocas cuanto te echo de menos. Sólo sé sonreírte mientras me llenas del calor de tus manos. Y cuanto me costará ver desde la distancia tu camino. Y mientras, sólo sé hacer refugio entre mis brazos para cuando lo necesites.

Tengo que acostumbrarme a no hacerte ausencia, a caminar dos pasos por detrás de tus huellas, con las manos vacías por si en un tropiezo las haces bastón de tus raspaduras, y llenas de sueños, por si necesitas que los lance al aire en las noches sin luna. He de acostumbrarme a dejar las ventanas abiertas al viento, a la brisa de tu vuelo, aprendiendo a sortear las nubes de tormenta, por si te posas en el alféizar reponiendo tus fuerzas antes de seguir planeando entre las estrellas.

He de aprender a dejar las puertas abiertas, a romper todas las cerraduras de ese castillo que construimos juntos, y bailar descalza por todos los rincones que aún guardan el murmullo de tus risas y el dulce aroma de tu piel.

He de aprender que nada me pertenece y sin embargo todo es mío. A mirarme en tus ojos de mar descubriendo todos tus sueños. A llenarme de la sonrisa de tus pupilas para cuando no estés, mientras me acaricia el calor de tu abrazo. A seguir en tu ausencia y a atesorar cada reencuentro.

He de acostumbrarme a que te vayas y sin embargo a sentirte tan pegado a mi alma que el tiempo no exista. A despegarte de mis brazos haciendo refugio a tus tropiezos, para lanzarte al vuelo de tu propio destino. A dejar que crezcan tus alas fuertes y valientes, mientras las mías aún arropan tu caída haciéndose red.

Acostumbrarme a ser tierra y raíz donde crecer con fuerza las ramas de una vida nueva. A encontrar el equilibrio entre arroparte y vigilar en la distancia tu camino.

Y mientras yo me hago otoño esparciendo mis hojas a cada paso, brotan tus ilusiones llenando mis fríos. He de aprender, lo sé, y mientras lo hago me lleno de cada risa que rompe el silencio, cada ilusión reflejada en tus ojos, cada lágrima que baña mis brazos mientras te haces más fuerte. Me lleno del calor de mi atardecer haciéndome luna. Y sonrío, sabiendo que hay pedacitos de tu alma que siempre estarán pegados a mi piel.

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