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Hojas

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Hay palabras esperando brotar, que acaban dibujadas en tinta. Hojas de un diario nunca escrito.

Empecé a escribir siendo una niña porque la timidez se me hacia bola en la garganta, las palabras se anudaban haciéndose ovillo y las sensaciones se me atragantaban. Es por eso, que pese a no saber construir historias, sigo hilvanando palabras sobre un lienzo invisible.

Garabateo palabras, porque las emociones se me agolpan en la punta de los dedos mientras me recorren, y pese al tiempo, y las mil páginas pasadas, siguen haciéndose nudo entre mis silencios ahogando mi voz.

A veces, es sólo una forma de no perderme entre mil recuerdos difusos, como si al difuminarse yo me diluyera en ellos. Y entonces, aunque sabes que sólo sabes emborronar las hojas, te escribes, sólo por no olvidar quien eres, mientras desde el otro lado de ese folio pintados en tinta te miran todos los recuerdos.

Los que dejaron surcos en mi piel como cicatrices, las que todavía acaricio con los ojos cerrados, despacio y en silencio, sólo por saberme entera. Llena de grietas por las que se me escapan cada uno de los suspiros, pero entera.

Cicatrices que acaricio con triste dulzura, porque sé que cada una de sus líneas me forjó el alma en barro y arena, hasta hacerme orilla de una playa que sólo existe dentro de mí, a la que vuelvo cada vez que cierro los ojos aspirando mar y sal hasta sentirme agua. A la que acudo como refugio, mientras fluyen las sensaciones hasta amainar una vez más la tormenta y hacerme calma.

A veces, entre cuartillas sin pauta, vuelves a ser esa niña que asombrada miraba el atardecer mientras el viento le erizaba las sensaciones sobre sus brazos menudos, mirando por aquella ventana abierta al mar y a un mundo en el que aún cabían los sueños. Te ves desde fuera, como si cada momento que modeló esa frágil coraza que te rodea pasara despacio ante ti, y mientras todos te ven fuego y coraje, tu sólo eres esa niña con los ojos llenos de ojalás, y las ganas apretadas en las palmas, que aún mira al mundo sin comprenderlo.

Escribe me digo, que algo queda, como quien siembra palabras entre las líneas de los silencios. Y me paro frente a las teclas de esa página en blanco que me mira de reojo, sabiendo que una vez más siento ese frío que se me cuela por dentro.  Y emborrono letras que bailan las notas de un blues que sólo yo escucho dentro de mi, y todo es como una película antigua, en blanco y negro, en que las brumas recorren calles desiertas, y el sonido de unos pasos viajan entre el humo de una cualquiera de tus noches. 

Escribe, me dice ella,  y fluye en tinta cada gota de agua salada que llevas por dentro,  hasta hacer cristales que llenen de luz tus mejillas de nuevo. Yo luego te leo.

Y escribo. Tacho, emborrono y borro. Me desbordo o me contengo, y guardo las palabras en borradores, y me sonrío mientras pienso que  vivimos como si la vida pudiera ensayarse  o guardarse en páginas arrugadas hasta hacerlo perfecto. 

Empecé a escribir porque las palabras dolian golpeando contra mi garganta, y todo lo que quería gritar se quebraba y hacía sonido hueco. Eran tantas las cosas, tantas las ideas, las sensaciones que hubieran muerto si no se hubieran hecho lecho de tinta en aquellas cuartillas desordenadas, que me vertí a trazos. Con el tiempo me acostumbré a fluir desde ese tintero invisible, cuenco en que derramar todas las palabras, las que se atascaron en la boca, o aquellas que de tanto arrinconarlas apenas recuerdo. Y así se convirtió también en mi memoria, un pequeño cajón en el alma donde resguardar todo lo que fuí, todo lo que fuimos, todo lo que soy.

A veces, entre la bruma de esos recuerdos, se agolpan las sensaciones, la memoria juega al escondite y la linea que separa pasado y presente se me difumina. Me veo en el reflejo del cristal de una ventana, pidiéndole a la pluma que desangre todas las letras que burlonas bailan sobre un folio amarillento.

Y entonces me sorprendo pensando en lo lejos que queda todo aquello que era, o que creía ser, y con prisa lo garabateo entre renglones torcidos antes de olvidarlo.

Escribe me dice, que algo queda,  como quien dibuja flores a lápiz sembradas en letras, que yo luego te leo, y yo me escribo, sin reglas ni márgenes, entre los renglones de los silencios.

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Una respuesta

  1. Gabriela Castillo

    Te escribo, a igual que a Melani, para avisarte que hay una muchacha que para su blog plagia de distintas personas y arma su post con lo que saca de aquí y de allá.hasta de poesias registradas por el autor. Y la denuncio,Tal vez lo hace con quienes no escriben ya sus blogs pero Melani lo hace y tiene un hermoso y creativo blog.
    Lo que de ti ha copiado es del 2013…Se llama Tú..y una parte dice:me marquen el rumbo de tu piel.
    Dime qué opinas.Tienes mi correo

    septiembre 7, 2016 en 6:07 pm

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