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140 centímetros

eyes

A veces la vida es un camino lleno de giros inesperados. Una noria girando. A veces la valentía se contiene en ojos que miran de frente. En cuerpos menudos y almas grandes. A veces los héroes no miden más de 140 centímetros. Y con su valentía nos hacen seguir adelante con una sonrisa y la ilusión en la mirada.

Ella me mira con sus ojos profundos, oscuros como la noche y limpios como la inocencia. 140 cm de valentía, y es que ser grande no es cuestión de tamaño o talla, sino de coraje, y de ganas.

Ganas de pillar a la vida por las solapas y zarandearla hasta que caigan las hojas de la melancolía como estrellas de otoño, de bailar sobre las olas en una noche de luna cualquiera, ganas de pelear y reír, de saltar sobre los charcos hasta secar la lluvia que se te hace torrente en el alma, de soñar de puntillas, como sólo los niños saben hacerlo. Y en 140 centímetros caben muchas ganas.

Me mira, y sin decir palabra, sus ojos me preguntan porqué. Porqué el camino se tuerce a veces sin avisar, y se estrecha hasta hacerse túnel, mientras nos reta burlón a atravesarlo. Si puede seguir soñando entre canciones, bailes de pasos improvisados y llaves de yudo, inventando recetas y decorando restaurantes, cantando canciones de letras imposibles hasta que sólo quede música. Hoy princesa, mañana pirata, guerrera pasado.

Y yo simplemente sonrío antes de abrazar su menudo y delgado cuerpo, tan frágil y tan fuerte a la vez, como si todas las respuestas pudieran contenerse en el calor de unos brazos.

La habitación está en semi penumbra, una persiana medio bajada resguarda el aire del calor plomizo de una tarde cualquiera de verano, mientras en los haces de luz bailan las motas de polvo, que al entre cerrar los ojos parecen mil estrellitas diminutas.

En el rincón el vaivén pausado de una mecedora interrumpe el silencio y la modorra, y en ella su madre sonríe, disfrazando la tristeza que enturbia el dulce tostado de sus ojos, y ese violeta profundo que pinta de cansancio su rostro. Tiñe de añil el brillo que desafiante guardaba su mirada, mientras ahoga la rabia. Y aunque su mirada grita un porqué lleno rebeldía, muere en sus pupilas mirando hacia ninguna parte, concentrada en no dejar escapar las lágrimas, y la pared parece absorber la energía callada de su desesperanza.

Sé que está enfadada. Tanto, que aprieta los puños hasta hacerse daño en las palmas de las manos. Clavando en ellas todas las palabras, y esa ira que le hierve por dentro, hasta pausar el aliento en sus pulmones, y las ganas de verterse en cascada. Pero ahoga las lágrimas y un quejido hueco que se atraviesa muy dentro, y sólo, por que ella no la vea hecha lluvia, empapa la pena en su alma y calla. Y en mi mente, bailan todas las cosas que quisiera decirle y que atropelladas mueren en mi garganta. Quebradas y masticadas, taponando las lágrimas secas que se evaporan en mi mirada, sólo puedo medio pronunciar un “irá bien” que me golpea por dentro hasta hacerse eco, mientras sonrío a mi niña dragona que despacito se desprende de mis brazos.

Ella me mira con sus ojos llenos de ojalás, y sin dejar de dibujar su sonrisa, me susurra un “no nos rendiremos” que rebota en las paredes hecho promesa, y acaricia con su fino dedo las palabras que me he dibujado en los poros, mientras me pide que le lea de nuevo mi infinito. Y es que a las notas les puse palabras y ahora tengo un sueño pintado en la piel, y a ella, le gusta acariciarlo con sus delgados dedos memorizándolo. Cómo si eso fuera importante, cómo si cada vez que lo repasa lo hiciéramos un poco más cierto.

Y mientras me pide una historia de piratillas traviesas, su madre se concentra en la lectura hasta secarse los ojos. Cursillo acelerado buscando respuestas que le hagan el camino más fácil.

Ella se enfada porque está cansada, porque la despierta para pellizcarle en la punta de los dedos y medir su dulzura entre penumbras de noche callada. Protesta con la energía de las niñas guerreras, porque su lucha tiene horarios, y normas encorsetadas, tiene gramos contados al milímetro, subidas y bajadas, y risas y lágrimas que se entremezclan, y mientras, jugamos a las enfermeras, a aprendernos las reglas, a multiplicar unidades y restar gramos, y a no salirnos de los márgenes mientras estamos deseando hacerlos saltar por los aires.

Ella se enfada porque es para siempre, y sabe que contaremos miles de gotas rojizas esperando que el parpadeo de unos números nos den la pauta. Y mientras se palpa el brazo me dice -ves, ahora tienes que aprender tú-

Me sonríe con sus palomitas contadas antes de la última película, atesorando su bolsita. Y yo pienso mientras la miro en la penumbra de un cine cualquiera, que la vida está llena de curvas y baches que no vemos venir. Pero también de atardeceres, de estrellas y lunas, de música y risas. De sueños que no mueren pese a las dificultades. Y de valientes.

De héroes contenidos en 140 centímetros que nos sonríen. Y nos llenan el alma de vida.

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