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Clandestino

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A veces la única forma de protegernos de este mundo que tanto duele,  es escupir las sensaciones que nos arañan entre letras y palabras. Y es en esas veces, que me transparento más de lo que me gustaría.  hoy es un día de esos.

Ojalá un día nadie tenga que apretar entre las manos la esperanza, aferrándose entre oscuridad y miedo a un sueño de humo. Esto que no son más que cuatro letras sencillas podrían ser la historia de cualquiera, no muy diferente de las que leemos a diario, no muy distintas de las que hace mucho, muchísimo tiempo escuché en primera persona. Si hace pensar un poquito ya es mucho para mi. Gracias.

Hamal vive entre cartones, guarda la esperanza en un bolsillo de la chaqueta un poco grande que encontró hace ya algunas semanas, junto al container de su esquina, esa esperanza que le resguardó del frío, cuando esperaba en aquel bosque oscuro y lleno de barro, la que le llevó hasta las fronteras, atravesando el desierto. La que al sentir rasgarse su carne contra la valla, le impulsó más que a los otros, mientras agazapado se escondía, aterrado como un niño. Tiritando de frío y miedo, mientras apretaba los dientes, buscando la fuerza para no desmoronarse ahora, que casi roza el imposible. Sintiendo la sangre fluir por su brazo entre carne desgarrada tiñendo de rojo su oscura piel, y la blanca nieve que cubría el barrizal en el que esperan, soñando que existía una vida de oportunidades, un mañana, y pese al dolor profundo que le arañaba las heridas,  luchaba por no desmayarse mientras  aprieta un poco más la mandíbula, encajando los dientes escondiendo su miembro herido bajo la ropa. Hamal recuerda el pánico. El aislamiento, el dolor rasgando su carne casi tanto como su alma, y como allí, hecho un ovillo pensaba en su niñez.

Que lejos queda ahora todo. Su pueblo, seco y yermo perdido entre el humo de explosiones y los llantos apagados de la miseria. Su familia, despidiéndole en silencio, con la mirada amenazando lluvia y un poso de esperanza. La de todos ellos, hecha hatillo como la más preciada pertenencia, condenada a viajar miles de kilómetros de distancia y soledad, buscando esa última oportunidad. Sus sueños, pintados sobre el techo de su cama, tejidos con el hilo de las ilusiones, frágil y dulce.

Ahora vive bajo las estrellas, en una casa de cartón. Para Hamal cada día es el último y el primero de una vida prometida que le esquiva tras cada esquina.

Y mientras se abraza en la oscuridad, añorando la tierna piel de su madre, el aroma de su caricia, la dulzura de su voz arrullándole a oscuras, recuerda a aquel sacerdote. No sabe porqué pero se acuerda de él, hablando del castigo de un dios omnipresente, contra todos los que no abrazaban su mandamiento. Y él, en su inocencia le preguntaba si también castigaría a sus dioses paganos, a su tierra pobre expoliada por la avaricia de unos cuantos, si no la estaban castigando ya entre todos, sumida en miseria y sequía, en tierra cuarteada, y el sacerdote callaba envolviendo sus miedos en silencio,mientras clavaba en él sus ojos, duros y penetrantes, mirándole con desaprobación.

No sabe por qué le recuerda, ahora, que está sólo en la oscuridad, de nuevo hecho un ovillo, abrazando sus miedos en la espalda, en la humedad de una noche de diciembre llena de estrellas, casi tan brillantes como las luces que adornan la ciudad, esperando ver amanecer los sueños.

Suspira mientras cierra los ojos, sintiendo rugir el hambre en las tripas, estrangulando su voluntad, hasta dolerle por dentro. Y piensa que es tal vez, porque entonces le hablaba de paraísos, de una tierra donde no había hambre, ni sed. De lugares donde el agua brotaba en cada casa, y no había que recorrer kilómetros para llenar un cuenco, y en sus cuentos, el horizonte era azul, y verde, mecido por brisas cálidas y los niños iban a la escuela, y sonreían, sin hambre arañando sus pequeños estómagos. Tal vez porque hoy el frío se clava como miles de alfileres sobre su cuerpo, y le duelen los huesos y los recuerdos se le emborronan. Y lloraría hasta quedarse dormido

A veces, le flaquean las fuerzas, y las ganas, y casi no puede reprimir el impulso de volverse. Tirar las promesas de una vida tras las sombras, y volver al refugio de su hogar, pobre, hambriento, pero su hogar. Y entonces ve los ojos de su madre, llenos de amor y preocupación, hasta doler, y cómo explicarle las cicatrices que surcan su cuerpo, el miedo cruzando las líneas, aquella nave llena de cuerpos tan doloridos como él, almas rotas, sin sueños, las mafias, la clandestinidad, el hambre. Hatillos de mercancía vendida en el suelo, siempre alerta, siempre a la carrera, siempre huyendo.

Y rebusca en su bolsillo, junto a ese pedacito de esperanza que aún le queda un trozo de pan duro con que acallar las entrañas, y ese miedo que renace cuando se descuida mientras se susurra “… Tal vez mañana nace la oportunidad, tal vez”.

Y mientras lágrimas silenciosas brotan despacio, se deja vencer por el sueño.

P.D. No conozco a Hamal, pero mi ciudad está llena de víctimas silenciosas de un mundo que no sabe dejar de devorarse. De sueños rotos. Un mundo lleno de fronteras a la miseria y el dolor, pero que no existen para los que acaparan sus riquezas. Que no hable de ello no quiere decir que no me importe. Tal vez, es que muchas veces el mundo me duele y no sé cómo parar la náusea

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2 comentarios

  1. Capitán Silver

    Una manera de mostrar la vida tal y como es, dura e injusta, a veces cruel. ¿Qué es lo que lleva a un fotógrafo a plasmar lo que ve en determinadas instantáneas o a un periodista a ser un observador de su tiempo? ni más ni menos, que querer mostrar el mundo en toda su dimensión, precisamente a el mismo mundo. Acercarnos a lo que sucede en las calles, en las plazas, en los pueblos, así como en las fronteras donde se establecen los límites de la realidad. Sin pretender nada más que dar fe de las desigualdades y tomar conciencia, muestras la otra cara de la moneda, que la vida no es siempre de color de rosas y que las rosas también tienen espinas y que el día a día no es para nada un paseo triunfal. Todos podemos ser Hamal y caer en desgracia, más en los tiempos que corren y no hace falta cruzar ningún desierto, ni valla, ni mar … ni ser de ninguna raza o religión, ni ser inmigrante o nativo para ser víctimas y acabar habitando en una casa de cartón. Si la política de los poderosos y los dirigentes del mundo desarrollado no fuera ejercer la rapacidad sobre los débiles y mirar con hipocresía para otro lado, nadie tendría que abandonar su tierra, huyendo de la miseria, ni poner en peligro su vida, intentando alcanzar un paraíso terrenal que en realidad no existe más que para unos pocos, en un mundo que se acaba tornado hostil para todos los desheredado de la tierra y sin olvidar que el 80% de la población mundial vive en la pobreza. Con la decepción el paraíso se convierte en infierno, sin embargo cuando ya todo se ha perdido, siempre queda una puerta abierta a la esperanza, lo último que se pierde. Esto me recuerda al final de la película de Stanley Kubrick, “La Chaqueta Metálica” cuando el recluta Bufón, en una patrulla nocturna, bajo unas llamaradas de destrucción cita, “La vida es una puta mierda, pero me alegro de estar vivo.”
    También profundizas en el origen, las causa y los efectos de las cosas, de que todos tenemos un pasado y de que todos procedemos de algún lugar, eso me gusta, porque recreas este drama particular haciéndolo más cercano. ¡Felicidades Corsaria! muy buena apreciación y muy buen relato. Besos muuuaaakks 😘💖

    marzo 6, 2015 en 8:40 am

    • Bibia

      Pues mi querido Capitán, con mucho retraso y ante tantas palabras sólo se me ocurre contestar con un Gracias. Por leerme, por saborear el relato y analizar su pequeña historia.
      Hamal puede ser cualquiera en estos tiempos, aunque yo intenté con breves pinceladas reflejar una realidad dolorosa y tangible. Cada día llegan cientos de personas a nuestras fronteras. Las que hemos dibujado construyendo muros a la pobreza. Escapando de la miseria que en parte el llamado “primer mundo” ha generado. Tienes razón cuando hablas de un mundo deshumanizado, de poderosos rapaces e hipócritas. Ojalá un día nadie tenga que abandonar su tierra.
      Gracias mil. Y mil perdones por haber tardado tanto. Un beso fuerte😙❤ 😙

      julio 22, 2015 en 7:05 pm

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